Aunque algunos sectores de la población son más vulnerables que otros, los niveles de inseguridad de nuestro país no distinguen edad, sexo, clases sociales.  Desconocer o ignorar esa realidad deliberadamente, solo nos hará más susceptibles de sufrirla. Prevenir y estar preparados es entonces una necesidad básica en nuestro contexto.

Tanto la seguridad personal como la defensa personal, comienzan siempre en la prevención. Incluso para los especialistas en defensa, “la mejor pelea es la que podemos evitar”, así es que lo primero a entrenar es la actitud, para desarrollar un interés genuino por la seguridad personal y por los hábitos que la refuercen.

Primeras consideraciones para la seguridad personal

La primera y más importante de ellas, es mantener la atención. En muchos circuitos de defensa personal se le llama a esto “escanear”, es decir, observar con atención constantemente el entorno, discreta y tranquilamente, estando siempre vigilantes, no sólo de los posibles peligros, sino incluso de la ubicación de las cosas importantes como las salidas de emergencia en cualquier sitio. Estar atentos dará muchas ventajas ante peligros latentes.

El factor sorpresa es siempre deseado por los atacantes. Sin darnos cuenta (y en parte, precisamente por no poner atención) es fácil convertirse en víctimas potenciales de  depredadores y oportunistas. Somos blanco “apetecible”, cuando caminamos distraídos, nos sentamos en un lugar público con la mirada clavada en el teléfono, o estamos en el auto sin arrancar y con las puertas sin seguro.

El lenguaje corporal también delata una guardia baja, deseable para atacantes: la mirada en el piso, los hombros abajo, el andar lento y desganado, etcétera, pueden hacernos parecer blancos fáciles. En cambio, caminar erguidos, proyectar seguridad y parecer despierto puede hacer desistir a un delincuente al acecho; incluso mirarlo fijamente cuando ya hemos detectado que nos observa, puede enviar la señal correcta de que estamos al pendiente de sus movimientos, y evitar un ataque.